Me aburría. Ojeaba el periódico del bar, esperando que pasara el rato. El café se había enfriado, pero si me lo terminaba no tendría excusa para permanecer en el bar más tiempo. Cada 10 minutos, el camarero se acercaba para preguntarme si quería algo más. Para que me dejara en paz, me fui a una mesa.
Era uno de aquellos bares pequeños, de barrio, con mesas de mármol y pies de hierro. En una esquina había un tío, tomando café solo. Leía una revista, con el periódico al lado. SU periódico. Sólo había una mesa libre para sentarme, a su lado. El resto las ocupaban grupos de gente, parejas, tazas vacías y ceniceros sin colillas.
Abrí el periódico por la sección de cartelera. Intentaba ignorar las manchas de aceite y migas incrustadas que había en papel. No pensaba al cine sola, pero me daba demasiado asco tocar el resto de páginas. Siempre he sido una chica limpia.
El chico de la mesa de al lado debía tener unos treintayvarios años, aunque era de esos que se disfrazan de jóvenes enrollados. Veinteañeros crónicos. Me llamaron la atención sus gruesas gafas de pasta negras. De vez en cuando miraba alrededor, distraído, sacaba una libreta del bolsillo de su camisa, apuntaba algo y lo releía poniendo cara de satisfacción. Luego volvía a la revista.
Mientras seguía embobada en las fotos de las películas, me sorprendió un leve ruido. Me había deslizado un papelito sobre la mesa. Lo miré "qué haces" y me indicó por señas "míralo". Desdoblé el papel y vi que había escrito, con una letra extremadamente pequeña y retorcida:
Incendies
-¿Qué?- Empezaba a molestarme. Mi mal humor de los domingos...
Él metió la mano en el bolsillo, sacó un chicle y después de llevárselo a la boca me contestó con otra pregunta.
-¿La has visto?
- No.
Y empezó a hablar.
De nada valió mi cara de mal humor. Ni un bostezo descarado. Apoyar mi cabeza entre las manos, entrecerrar los ojos aburrida. El tío no se callaba. Jugueteaba con su taza, con el boli, miraba directamente a mis ojos mientras desparramaba palabras.
De vez en cuando algo saltaba de su boca a la mesa; restos del desayuno. ¿Chocolate?. Me llegaban oleadas de menta de su chicle con otro olor que no llegaba a identificar. Como no comprendía nada de lo que me decía, decidí concentrarme en eso. Me reté a identificarlo.
Se sentó a mi lado, al parecer confundió mi cara de concentrada en interés por su charla. El olor era más fuerte, y me resultaba familiar. Pensé que sería el de su colonia. El desodorante, el detergente de la ropa, su jabón. No se parecía a nada de todo eso, y en cambio sabía que era un olor próximo, que había olido otras veces sin darme cuenta. Sólo que en otro lugar. Sin esa máscara de menta que me molestaba.
Mientras, él seguía con su verborrea, exaltando la grandeza del cine francés, tan ignorado. De la versión original en el cine. De los que estropeaban el arte comiendo palomitas. De la belleza de los cines antiguos y sus butacas aterciopeladas. Empezó a nombrar actrices cuyo nombre no había oído nunca. De vez en cuando se volvía a llevar la mano al bolsillo, de donde aparecía un chicle tras otro, que se iba llevando a la boca. En breve, la bola de goma mascada no le permitiría vocalizar.
No había una sola interrupción en su discurso para permitirme soltar una excusa, una disculpa educada y marchar. Y, además, había el olor. Me concentré en él. Cuando cerré un momento los ojos, en un último esfuerzo para encontrar el origen, él se calló.
Cuando los abrí, vi que estaba abriendo un paquete de chicles. Otro.
Con los dedos torpes, no conseguía rasgar el papel. Lejos de sentir compasión por su angustia en silencio , pensé que no tendría otra ocasión como esa para escapar. Dejé un par de monedas sobre la mesa, me puse en pie, sonreí forzadamente y, como no sabía qué decir, me fui con un leve gesto de despedida que no vió.
